martes, 8 de noviembre de 2011

Impotencia (parte 1)

Siempre había sido un chico amigable. Algo rarito, reservado y silencioso, pero sabía muy bien cómo tratar a las personas. Se hacía querer, y éso todo el mundo lo notaba.
Parecía que pudiera mirar a través de todos nosotros al clavarnos la mirada. Él nunca mencionaba el asunto, por supuesto, pero de algún modo, los demás nos sentíamos inferiores a él cuando nos miraba y hacía gala de su cortesía y su inteligencia supremas. 
Sus ojos, azules y brillantes, siempre habían sido mi parte favorita de su cara. Expresaban al pie de la letra todas aquellas cosas que sentía por dentro; pero antes que nada, la alegría de vivir la vida. Como si, pasara lo que pasase, aunque él fuera el más desafortunado del mundo, encontrara algún consuelo en los amaneceres que tanto amaba, el rugido del viento y el entrechocar de la lluvia contra las ventanas. Como si no le importara que la vida fuera mal, porque él lo agradecía todo, sin cuestionarse las cosas. 
Empecé a intuírlo mucho antes de los demás. Él y yo estábamos unidos de una forma muy especial, diferente a los demás. De algún modo, sentía que él me comprendía mejor que mis amigas, que mis padres. Y también sabía que era la única a la que él le había abierto su corazón, aunque ni siquiera yo lograba atisbar una pequeña parte de su gran misterio. 
Por éso, supe que pasaba algo. Lo supe enseguida, cuando vi que su sonrisa flaqueaba y que sus ojeras eran cada vez más propensas y oscuras. Él no decía nada. Reía como siempre, pero yo lo notaba más cansado. Jadeaba al subir las escaleras, como si éso fuera lo normal en un chico de 17 años. 
Pensé que, fuera lo que fuese, tarde o temprano me lo contaría, pero resultó que ni siquiera él lo sabía. 
Algo iba mal, y ambos nos habíamos dado cuenta. Pero no era algo que se pudiese decir, algo que se pudiese expresar con palabras. Sólo de vez en cuando, cuando me miraba a los ojos, percibía algo de lo que sentía él. 
Estaba asustado. 
Entonces, todo se precipitó. Él trataba de hacerlo más llevadero, porque no quería preocuparnos. No cuando faltaba el dinero, no cuando estábamos en crisis y además cada vez teníamos los nervios más crispados. Pero al final todo se le vino encima y se derrumbó. 
Jamás olvidaré aquellas horas en el hospital. Fueron, indudablemente, las peores horas de mi vida. La impotencia de saber que le pasaba algo, que estaba mal, que nadie sabía qué tenía y que ahora mismo, la principal razón de mi vida estaba en manos de los médicos indecisos, pero no poder hacer nada para ayudarle aparte de esperar acurrucada en un rincón del pasillo, enfrente de su habitación... aquella impotencia era lo peor que había experimentado en la vida. Dudaba que pudiera sentir algo peor después de ésta experiencia. 
Quería gritar, quería llorar y patear paredes, quería irrumpir en la 204 y arrancar a aquella persona tan importante para mí de la camilla. Quería retroceder en el tiempo a aquellos días en los que él estaba bien, aquellos días en los que su sonrisa era risueña y soñadora y se le formaban hoyuelos en las mejillas. 
Pero nada de aquello le ayudaría en ése momento, y era posible incluso que lo empeoraran todo, porque si me oía y era consciente de mi preocupación, de mi rabia, de mi miedo por él... tal vez se asustaría más. Pensaría en mí y no en su propia salud. Y no podía permitir que hiciera éso, no ahora. Nunca, de hecho. 
Pasé horas en aquella esquina. Estaba helada, y mojada de mis propias lágrimas, que habían dejado de salir a la hora y media de empezar, básicamente porque ya no me quedaban más. Sin embargo, seguía sollozando quedamente, sintiendo que todo aquello no era más que un mal sueño y que pronto pasaría. En realidad, daba un poco igual lo que fuera, porque era tan malo que seguro que no era verdad. No podía ser verdad. 
A lo mejor era yo la enferma, y todo ésto eran alucinaciones. En ése caso, todo estaría bien, porque sería yo la que me encontraría en la camilla, rodeada de médicos y enfermeras afanadas, y no él. Él siempre había apreciado la vida mucho más que yo. 
Creo que pasé tanto tiempo en aquel pasillo que memoricé hasta el último detalle de el lugar. De vez en cuando pasaban enfermeras apresuradas, con unos papeles en las manos, revisándolos con premura. A mí ni me miraban. Me preguntaba cuántos habrían ocupado mi lugar antes que yo. 
El tablón de anuncios de la pared de enfrente, a la derecha de la 204. Había un par de papeles, creo que calendarios, y un gran mapa plastificado lleno de colores e indicaciones para guiarse por el hospital. 
Como si de una gran ironía se tratara, la pared estaba pintada con motivos alegres. Un azul claro, con un enanito sonrosado y sonriente que saludaba con una mano, mientras que con otra sujetaba una margarita entre el índice y el pulgar. 
El pasillo no tenía mucho más. Había otras dos puertas en la pared de enfrente, la 202 y la 206. Nadie entró ni salió de ellas. Ni siquiera oí ruidos dentro, que delataran que dentro hubiese alguien. O tal vez no podían moverse para emitir tales ruidos. También era vagamente consciente de el extintor rojo que se encontraba apenas a unos centímetros a mi derecha. Casi encima de mí. Si se cayera, tal vez me dejaría inconsciente y me ahorraría la espera. Pero no podía dejarle solo, nunca podría hacerlo. 
La mayor parte del tiempo me concentraba en aquella puerta de enfrente; la 204. Como si a base de mirarla, podría atravesarla con la mirada, como hacía él con tanta frecuencia con mis pensamientos. Sabía que detrás de aquella estúpida tabla de madera se encontraban unos médicos que trataban de averiguar cómo ayudarle. Sabía que ellos eran unos expertos y que harían todo lo posible por él, hasta el último minuto que le quedara.
Lo sabía, pero aún así no podía confiar en ellos. Porque, ¿y si se equivocaban? ¿Y si no sabían lo suficiente y él acababa perjudicado?
No quería pensar así. No podía. Imaginarme un mundo sin su alegría dejaría sin sentido mi vida. 
Al final, no pude contenerme más. Enterré la cabeza en las manos y sollocé, sollocé sin pensar nada más. No paré de repetirme lo desafortunada que era mi vida, lo mal que iba todo y por qué yo. Por qué me pasaba esto a mí. Y más aún, por qué nadie me daba explicaciones. Qué le pasaba. 
Al final, pareció que mis súplicas hallaban respuesta, porque la 204 se abrió y salió una mujer con una bata blanca y aspecto crispado. Al verme en el suelo, su rostro se dulcificó y se agachó enfrente mía: 
-No tienes muy buen aspecto. ¿Quieres ir al baño?
No respondí. Quería pedirle a gritos que me dijera qué le pasaba de una vez, pero ni una sola palabra salía de mi boca, de modo que me limité a mirarla, mirarla y tratar de comunicarle con la mirada mi desesperación por saber. 
Desvié la mirada hacia la puerta, considerando la posibilidad de irrumpir corriendo en la habitación, pero ya estaba cerrada y sabía que no era buena idea. Podría molestarle a él. 
La enfermera se sentó a mi izquierda, contra la pared. 
-No te voy a mentir, porque sé que éso siempre lo empeora todo. Creo que no tiene solución. Quizá, si se lo hubiésemos descubierto antes... pero ahora está muy avanzado. No creo que podamos ayudarlo, querida. Sabes que lo intentaremos con todas nuestras fuerzas... -vio la súplica en mis ojos y suspiró-. Le hemos diagnosticado cáncer. Leucemia. Al parecer, llevaba años desarrollándose, pero él no empezó a sentir los efectos hasta hace unos meses. Haremos todo lo que podamos para curarle, hija. 
Me dio un apretón en la mano y se levantó. Sin decir nada más, se marchó por el pasillo. Yo ya había dejado de escucharla hacía un rato. 
Cáncer. Aquella terrible palabra que me corroía las entrañas, aquella enfermedad que tanto miedo me suscitaba. Cáncer. ¿Cómo a él? 
No podía procesarlo; mi mente lo sabía, pero mi corazón no. Se negaba a aceptarlo, y éso era porque simplemente no podía creer que todo fuera mal de golpe. No podía creer que él estuviera en peligro, peligro de muerte. Y lo peor era que el cáncer no tenía cura. Casi nunca. No podía imaginar el mundo sin él en mi vida, a pesar de que mi mente no podía cesar de repetirse las mismas palabras una y otra vez. 
Mi hermano se está muriendo. 

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